Cuando las personas comen juntas, se sienten incluidas dentro del círculo cercano de una familia o de aquel en el que son apreciadas dentro de una organización. Efectivamente, el ser humano es la única criatura que convierte una acción biológica de supervivencia, como la de ingerir alimentos, en un ritual para relacionarse y conectar con sus semejantes. De hecho, ya en la Biblia, ser hospitalario era más que una cortesía social: constituía un mandato fundamental de amor al prójimo y de cuidado del extranjero. En las Escrituras, la hospitalidad se define como la acogida desinteresada de extraños, viajeros o necesitados.
Lejos de ser un entretenimiento ostentoso, es una extensión práctica del corazón y de la gracia de Dios, expresada en la atención y protección de los demás.
A esta reflexión añadiría una palabra que quizá no aparece con suficiente frecuencia en un entorno totalmente diferente, es decir, en el vocabulario empresarial, pero que puede transformar profundamente la vida de una organización: la hospitalidad como clave del servicio al cliente interno y externo. Ciertamente, ser hospitalario no consiste solo en recibir bien a quien llega.
La hospitalidad es crear un espacio donde el otro no se sienta extraño ni apenas tolerado, sino verdaderamente acogido. En la empresa, se expresa en una cultura que sabe abrir lugar, que no humilla, que no excluye y que no reduce a nadie a su cargo ni a su utilidad. Una organización hospitalaria cuida la bienvenida, pero también la permanencia; no solo incorpora personas, sino que las hace sentirse parte de ella. Allí donde alguien puede habitar con dignidad, sin miedo y sin dureza innecesaria, la confianza encuentra un suelo fértil para crecer.
Recuerdo una escena doméstica que, con el tiempo, he considerado muchas veces una lección de hospitalidad y de liderazgo. Cuando mi esposo decidió aceptar la presidencia del partido conservador más importante de aquellos años en El Salvador, una de las primeras cosas que hizo para crear vínculos significativos con los alcaldes y diputados electos fue pedirme que comprara una mesa redonda para el comedor, en sustitución de la cuadrada que teníamos.
Lo habíamos conversado antes: comprendíamos que la forma circular tiene algo profundamente humano porque permite que quienes se sientan a la mesa se perciban acogidos y en igualdad de condiciones, como si cada uno ocupara un lugar igualmente importante. Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. A veces, la confianza comienza justamente allí: en esos signos concretos que, sin palabras, le dicen al otro que ha sido recibido, que tiene un lugar y que su presencia importa. Esto se manifiesta en el cuidado de los detalles culinarios, en la atención a los gustos de los invitados y en procurar que se sientan como en su propia casa, motivados a comunicarse mejor, superar desencuentros, perdonar agravios y aceptar al otro como un hermano en la búsqueda de un bien superior, contenido en la idea del bien común.
La noción de hospitalidad conlleva una actitud de acogida hacia los vecinos, como una extensión de los vínculos de amistad, lo que algunos autores denominan amistad social. Esta resulta necesaria para la calidad de vida y para la construcción de una cultura más humana. Especialmente en estos tiempos de pérdida del sentido de comunidad en las grandes ciudades, me parece fecunda la idea de una vecindad atenta, no solo dentro de un país, sino también dentro de las empresas. Porque una organización o una nación no se fortalecen únicamente acumulando talentos individuales. Necesitan pertenencia, corresponsabilidad y conciencia del bien común. Cuando cada persona trabaja encerrada en su propia parcela, cuidando únicamente su cuota de poder o su pequeño interés, la confianza se convierte en una simple transacción. Pero cuando las personas perciben que forman parte de una tarea compartida, que su voz cuenta y que existe algo valioso que juntos están llamados a custodiar, entonces la confianza deja de ser cálculo y empieza a parecerse a una virtud compartida.
Quizá por eso no me canso de recordarlo: reforzar la confianza en los hogares y en las empresas no se logra solo con manuales, indicadores, reglas o campañas internas. Se construye desde una determinada comprensión de lo humano. Y allí radica, me parece, la vigencia de pensadores como Higinio Marín, mi profesor de Sociología en la maestría que estoy cursando en el PAD, Escuela de Negocios de Perú, y de quien me he inspirado para escribir esta columna. En tiempos de fatiga moral, de vínculos debilitados y de una cultura que con frecuencia confunde el valor con la utilidad, volver a poner a la persona en el centro no es romanticismo ni ingenuidad. Es una forma de lucidez. Y también una manera de empezar a sanar nuestros hogares e instituciones desde dentro.
Columna de opinión, La Prensa Gráfica, 07 de junio de 2026

