El poder de una sonrisa

Para conectar mejor con otra persona, lo ideal es la comunicación no verbal, que tiene el poder de influir en un 93% en la efectividad del mensaje enviado. Creo que el encuentro inicial con una persona debería ir más allá de la superficial mirada sobre la apariencia física, intentando ambas partes poder conectar o comunicarse íntimamente, puesto que “hay más realidad en el yo pensante que en sus pensamientos”. Esto quiere decir que hay que trascender el objeto y pensar más allá de él; pero esto, lamentablemente, no es siempre así.


Aquí es donde la marca personal, a través de un lenguaje no verbal con una fuerza del 93% de impacto, puede llegar a ser eficaz en el intento de transparentar mejor la luz interior que cada ser humano tiene, con toda su fuerza perfeccionada, de tal manera que remita a la persona detrás de la esencia y naturaleza humana, ya que el núcleo del ser humano es la libertad, “la cual se dibuja como una capacidad insaturable de conocer y querer: pensamiento y voluntad nunca llenos. Del núcleo libre de la persona brota lo inédito, puesto en el mundo como novedad estricta, manifestación de su intimidad: el don, la capacidad de otorgar. Algo muy superior al mero deseo o al tener… Donar es dar sin perder, adquirir dando…” (Leonardo Polo, filósofo español).


Si consideramos que la sonrisa es un ejemplo de gesto que impacta en un 93% a otra persona cuando sonreímos, no parece entonces sorprendente lo que dijo el papa Francisco sobre esta en su libro «Te deseo la sonrisa», invitando a mostrar amor y alegría a los demás, ya que “sonreír es acariciar con el corazón”. He ahí descrito el enorme poder de una sonrisa.
Dar una sonrisa está imbuido en la noción de hospitalidad, ya que conlleva actuar con un talante de acogida, de recibimiento, desprendido de una actitud de exclusión hacia los vecinos como extensión de los términos de amistad, llamándola amistad social, y que es necesaria para la calidad de vida y la construcción de una cultura más humana. Especialmente en estos tiempos de pérdida del sentido de comunidad ciudadana en las grandes ciudades, me parece fecunda la idea de una vecindad atenta al interior, no solo de un país, sino también dentro de las familias y las organizaciones.


Recuerdo una vivencia ocurrida una madrugada especialmente tensa durante la época en que mi familia participó en política partidista, durante la presidencia de mi esposo al frente del más importante partido conservador liberal de ese tiempo, a través del cual se defendían los valores de familia, la libertad, la dignidad humana y la propiedad privada. Era la elección presidencial, y mi marido decidió el día de las votaciones ir desde la madrugada a visitar los centros en que se recibirían y defenderían los votos por cada partido en contienda.


En medio de un ambiente cargado de rivalidad y recelo, íbamos atravesando las calles hacia los centros de votación, adonde los ánimos estaban encendidos y en los que bastaba una mirada para advertir la desconfianza de unos hacia otros. En ese instante pensé, con una claridad que todavía me acompaña, que antes de cualquier diferencia de ideología todos compartimos una misma condición humana, una misma dignidad, una misma pertenencia a una comunidad que llamábamos con amor la patria querida.


Y, casi de manera espontánea, empecé a sonreír dentro del automóvil en que iba con mi esposo, pasando en medio de los defensores del partido contrario antes de entrar por la puerta principal. Para mi sorpresa, aquella sonrisa fue correspondida por la mayoría de quienes nos rodeaban y que habían reconocido al presidente del partido contrario que iba con su esposa.
Fue un gesto breve, casi insignificante y, sin embargo, revelador. Desde entonces he pensado muchas veces que, si hiciéramos un esfuerzo más consciente por cuidar los gestos y las palabras, podríamos sembrar ambientes más confiables y pacíficos en el país, en las empresas y en las familias. A veces la convivencia no empieza con grandes acuerdos, sino con el humilde acto de reconocernos mutuamente como personas.

Columna de opinión, La Prensa Gráfica, 21 de junio de 2026

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