¿Qué pensarán los niños y las niñas, que juegan fútbol soñando con asistir algún día a un mundial, al ver frente a sus ojos inocentes los clavados o caídas simuladas de jugadores famosos? Hay infinidad de videos humorísticos sobre el partido Argentina vs. Suiza, en el cual se estrenó la nueva regla de la FIFA por la cual se aprovecha el VAR a través de una zona gris: si un árbitro amonesta a un defensor creyendo que cometió una falta, pero la repetición demuestra que no hubo contacto y el atacante simuló, el VAR considera que se castigó al jugador equivocado. El árbitro acude al monitor, le quita la tarjeta al defensor y se la impone al atacante por simulación. Ahora imaginémonos que esos chicos y chicas crecen disfrutando el deporte sanamente, pero inconscientemente han visto normalizado que está bien que un atleta de esas ligas haga lo que sea para conseguir crear una oportunidad de penal o saque a favor de su equipo.
¿Cómo se les explica a ellos y ellas que, si queremos ser personas íntegras, debemos actuar con mentalidad de juego limpio, no solo al patear la bola en los mundiales, sino en todos los campos de la vida? Y es que a nadie le gusta que lo engañen ni que se comporten hipócritamente en las relaciones interpersonales más significativas: la amistad, los negocios, el amor, la familia o al dirigir un país. Me gustaría por eso compartir algunas ideas que sobre la integridad ha escrito uno de mis autores favoritos, el profesor Joan Fontrodona, quien señala que ser íntegro consiste en practicar un metavalor, ya que no se refiere a una competencia ética específica (como ser honesto, laborioso, sincero, etc.), sino que las incluye todas de forma más o menos equilibrada. “…Evidentemente, esto no significa que una persona íntegra lo haga todo bien. Nadie es infalible. Pero al menos se esforzará por reconocer los errores, subsanarlos y no repetirlos.
La integridad está indisolublemente ligada a la coherencia: una persona íntegra muestra a través de sus palabras y acciones aquello en lo que cree, es decir, hay una correspondencia entre lo que piensa, dice y hace. Además, sus ideas y valores respetan unos principios morales universales, y reflejan un compromiso con la realidad de las cosas y del ser humano…”. Según Fontrodona, hay algunas claves para vivir con coherencia.
- Integridad en lo que pensamos. “A una persona que no se mantiene fiel a unos valores y se mueve según las ventajas de cada ocasión la calificamos de oportunista. Pero tampoco hay que confundir la integridad con posturas rígidas o intolerantes, que pueden derivar en el integrismo. Los valores hay que entenderlos como ‘principios fijos de acción’, no como ‘principios de acción fija’. Concretar los principios según cada caso particular es muy distinto a cambiar de principios según las circunstancias. Cuando se confunden estos dos planos, se puede acabar en posturas intolerantes —restringiendo la libertad de las personas y forzando comportamientos uniformes— o en posturas relativistas —con el falso supuesto de que los principios morales limitan la libertad—”.
- Integridad en lo que decimos. “Una condición necesaria de la integridad es la veracidad. Difícilmente diremos que alguien es íntegro si no dice las cosas como son o expresa cosas distintas de las que piensa. La falta de veracidad daña profundamente la confianza, algo que se debe tener muy presente en la comunicación interna y externa de la empresa”.
- Integridad en lo que hacemos. “Una persona íntegra cumple lo que anuncia, sin fisuras entre sus palabras y sus actos. Es lo opuesto a la doblez, que consiste en decir una cosa y hacer otra, y que puede deberse tanto a una voluntad débil como a una intención viciada desde el inicio (se prometió algo que no se pensaba cumplir)”.
Sabremos pronto quién será el campeón mundial, reconociendo que ambos equipos son ya ganadores por llegar a la final, pero lo más valioso sería que ocurriera una final de la #Copa2026 sin caídas o simulaciones (clavados).
Columna de Opinión, La Prensa Gráfica, 19 de julio de 2026

