En la región andina ha vuelto a sacudirse la tierra, después de que lo hizo en Venezuela; ahora, hace una semana, en Colombia. En ambos países se cayeron las paredes, pero también las excusas para apoyar a los que perdieron hogares, amigos, seres queridos y los deseos de vivir. En medio de las negativas posibilidades de encontrar supervivientes y al comenzar a respirarse olor a putrefacción en las ciudades colombianas, la desesperanza empieza a detonar las inevitables preguntas sobre el sentido del dolor, de la fragilidad humana que no reconoce fronteras, ideologías o carnés de identidad, y del significado de la palabra ayudar al que lo necesita de verdad. Al menos 285 personas han muerto, 3.900 han resultado heridas y los hogares afectados son más de 45,000 [1].
En medio de este contexto, me resultó oportuna la visita de Mons. Fernando Ocáriz, Prelado del Opus Dei, a El Salvador, en cuyo encuentro con cientos de familias salvadoreñas el pasado jueves se nos habló del perdón, del sentido cristiano del sufrimiento y de la esencia del amor como desear el bien de la otra persona. Esta última frase ilumina más que muchas hipótesis lo que está detrás de toda solidaridad auténtica: no dar para tranquilizar la conciencia, sino servir para que el otro pueda ponerse de pie, buscando los medios para hacer llegar la ayuda oportuna, precisa, sin protagonismos y sin olvidarse de elevar antes una oración por quienes sufren.
Efectivamente, la Iglesia Católica ofrece un cuerpo doctrinal de acción social en el cual desarrolla tres conceptos o palabras que, en una emergencia humanitaria como las mencionadas, dejan de ser teoría: cooperación, solidaridad y subsidiariedad. Cooperar es saber que nadie se salva solo. Solidaridad es reconocer que el dolor ajeno me reclama, aunque ocurra lejos. Y subsidiariedad es ayudar sin sustituir: ponerse al lado del que sufre para levantarlo, no encima de él para decidir por él [2]. En el libro que contiene estas guías de conducta, llamado Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, se puede leer que el centro del desarrollo integral humano se encuentra alrededor de la persona, la familia, las comunidades, las empresas, la sociedad civil y el Estado, cada uno de los cuales tiene responsabilidades propias. Cuando una instancia superior invade todo, asfixia. Cuando se desentiende, abandona. La verdadera ayuda no humilla ni crea dependencia; fortalece capacidades, organiza esfuerzos y devuelve la esperanza.
Alrededor del mundo hay guerras, catástrofes naturales, injusticias infligidas de unos sectores a otros de la sociedad en algunos países. Por eso creo que tanto El Salvador como el Continente Americano necesitamos ser menos espectadores del dolor, más artesanos de la paz y mejores sembradores de alegría al ayudar. Los hermanos colombianos están removiendo los escombros; los venezolanos evalúan daños. Ambos países ofrecen ayuda y aceptan alguna. Nosotros podemos preguntarnos si nuestra fe, nuestras empresas, nuestras familias y nuestras instituciones están preparadas para responder con eficacia y corazón. Cuando sucede una calamidad a los demás, nunca es del todo ajena a nosotros. Cuando un vecino o un hermano se tropieza, la interrogante cristiana no debería ser “¿Por qué Dios permite esto?” o “¿Quién tiene la culpa?”, sino “¿Quién se va a acercar primero?”. No olvidemos que Dios nos escogió y amó antes de la creación del universo para confiarnos la fraternidad humana. Ya se dijo hace años que “el hermano ayudado por su hermano es tan fuerte como una ciudad amurallada” [3].
La cooperación ordena las manos; la solidaridad mueve el corazón; la subsidiariedad cuida la dignidad. Allí está la brújula. Ayudar no es hacer ruido, ni posar para la foto, ni sustituir la libertad del otro. Ayudar es llegar a tiempo, quedarse lo necesario y retirarse cuando el otro ya puede caminar. Si la tierra nos recuerda que somos frágiles, la fe nos recuerda que no estamos hechos para ser indiferentes.
[1] El País América Colombia. (14 de agosto de 2026). Última hora del terremoto en Colombia, en directo | De la Espriella propone un Plan Marshall para reconstruir el departamento del Chocó. El País América Colombia
[2] Pontificio Consejo «Justicia y Paz». (2005). Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Librería Editrice Vaticana. Texto oficial del Vaticano
[3] Escrivá de Balaguer, J. (s. f.). Camino, punto 460. La cita remite a Proverbios 18, 19. Camino, punto 460
Columna de opinión, La Prensa Gráfica, 16 de agosto de 2026

