¿Qué es más fuerte que el odio?

Una sobreviviente del genocidio de Ruanda, África (1994), Immaculée Ilibagiza, en su visita a El Salvador (2009) nos contó en un evento lleno de líderes de todos los sectores cómo vivió en carne propia el sufrimiento, la desesperación y la ira de ver a la propia gente de su tribu ser masacrada por una etnia rival, pero que a pesar de todo tuvo la capacidad de dar perdón y pedirlo, encontrando la paz.

Es turbador darnos cuenta de que a quienes amamos es a quienes perdonamos con más dificultad cuando nos dañan o creemos que nos dañan. En cambio, al vecino que no tratamos mucho o es desconocido lo perdonamos fácilmente porque no le profesamos amor ni tenemos expectativas sobre él. La manera de perdonar de la conferenciante africana no buscaba ajustar cuentas y encerrar culpables, tan propia de la dialéctica de vencedores y vencidos. Ella nos vino a enseñar la profunda valoración sobre la necesidad de ser valientes para adoptar una nueva actitud que facilite como ella la reconciliación en su entorno para dar amnistía al sufrimiento ocasionado por los demonios del odio, la envidia, la traición y el rencor en nuestro entorno, si es que existen.

El Papa León XIV también reflexionó hace unos días ante una multitud de fieles y peregrinos que lo acompañaron en el rezo del Ángelus en Roma sobre el pasaje evangélico del perdón (Mt 18,21), tomando el pasaje en que Pedro pregunta al Maestro si perdonar siete veces a quien nos ofende significa «perdonar con gran generosidad». Pero Jesús con su respuesta fue más allá de todo límite y medida: «hasta setenta veces siete». Y es que en realidad el perdón es un valor fundamental en la vida cristiana que Él dio el ejemplo a seguir cuando estando crucificado y a punto de morir emitió las palabras que nos señalan el rumbo cuando nos enfrentamos con quienes nos han hecho daño, pidiéndole a Su Padre que perdonara a sus perseguidores, «perdónalos porque no saben lo que hacen». El Santo Padre nos dice: «Sólo el perdón libera y devuelve la luz, incluso allí donde la pobreza material y moral del hombre, por un momento, ha ensombrecido el horizonte y ha hecho incierto el camino. El perdón, como un viento favorable, disipa incluso las nubes más densas, hasta que vuelve a dejarnos ver el sol»[1].

Efectivamente, según Immaculée Ilibagiza, el proceso de perdonar inicia con la petición al Dios en el que creemos para que nuestro corazón quiera «querer» realizar el acto del perdón, independientemente de que nos lo haya pedido o no. Luego, la Deidad, o Nuestro Señor Jesús si creemos en Él, otorgará Su Misericordia sanando las heridas para recuperar la paz y la alegría que se necesitan para ser felices y capaces de volver a confiar… Solo así podremos deslizarnos del pasado al presente y luego con esperanza al futuro… Así que preguntémonos: ¿optaremos por la venganza, o elegiremos el amor y la compasión respaldados por convicciones humanas y cristianas?

[1] https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-09/angelus-papa-sin-el-perdon-no-se-puede-vivir-en-paz.html

Columna de opinión, La Prensa Gráfica, 20 de septiembre de 2026

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