Hay voces interiores que no vienen a iluminarnos, sino a encogernos. Están llenas de palabras agresivas que no se las diríamos ni siquiera a alguien que nos disgusta. Recuerdo un evento importante en el cual se había organizado un panel en el que yo moderaría la conversación de cuatro mujeres reconocidas en Centroamérica como las más importantes figuras del sector empresarial regional. En el día que se llevaría a cabo la presentación de los aportes de ellas, en el camino empecé a tener dos voces al interior… Una de ellas me atacaba sin pedir permiso diciéndome: “no vas a poder”, “vas a fallar”, “no estás a la altura”, “mejor no lo intentes”.
La otra voz, más honda, más serena y menos ruidosa, me susurraba con serenidad que yo tendría la oportunidad real de apoyar con mi trabajo a las líderes internacionales de tal manera que facilitaría que se sintieran cómodas para compartir con la comunidad de 400 asistentes los consejos que esperaban aprender de ellas. Después de realizar en el automóvil una serie de ejercicios de respiración y de elevar una oración, finalmente salió vencedora esta última manera de dialogar interiormente, que no siempre habla con razones impecables ni con explicaciones largas. A veces apenas susurra. Y, sin embargo, cuando la escucho, algo en mi corazón reconoce que por ahí pasa la valentía.
La psiquiatra Marian Rojas Estapé ha insistido en algo que parece sencillo, pero que cambia la vida: la forma en que nos hablamos a nosotros mismos influye en nuestra salud emocional, en nuestra actitud y en la manera de interpretar lo que nos sucede [1]. Ella explica que muchas preocupaciones que desgastan nunca llegan a ocurrir, pero el cuerpo las vive como si fueran reales (el 93 % de lo que nos da ansiedad no ocurre, según la Universidad de Harvard). La mente, cuando se acostumbra a imaginar amenazas, activa alarmas internas que cansan antes de empezar. Hace falta aprender a distinguir qué voz nos construye y cuál nos sabotea [2].
Ese diálogo interior sano o tóxico no se queda escondido en la intimidad del pensamiento. Tarde o temprano se asoma al rostro, a la mirada, a la postura, al modo de saludar y hasta a la manera de caminar. Cuando una persona aprende a elegir palabras interiores más amigas, más justas y esperanzadoras, algo en su presencia cambia. El rostro se vuelve menos tenso y más amable; la mirada, menos defensiva y más serena; los gestos, menos impacientes y más humanos. La paz interior, cuando es verdadera, termina convirtiéndose en lenguaje no verbal.
Por eso he escrito tantas veces sobre la importancia de la imagen personal y del lenguaje no verbal: porque comunicamos siempre, incluso antes de pronunciar una palabra. Una mente atropellada produce una voz atropellada. Los pensamientos ansiosos aceleran el habla, endurecen el rostro, impacientan los movimientos y nos hacen caminar rápido. Pensamientos, afectos y emociones equilibradas ayudan a proyectar una marca de autoridad que no intimida, sino que inspira confianza.
Caminar más despacio, hablar pausadamente, practicar la escucha activa, sonreír con sencillez y mirar con respeto no son gestos superficiales, sino un reflejo visible de una riqueza interior educada. La dignidad también se aprende por dentro. Quien ha dejado de maltratarse mentalmente no necesita probarlo todo, responderlo todo ni correr detrás de cada aprobación. Quizá una de las formas más finas de valentía sea hablarnos con verdad y ternura a la vez.
[1] Rojas Estapé, M. (2018). Cómo hacer que te pasen cosas buenas: Entiende tu cerebro, gestiona tus emociones, mejora tu vida. Espasa. Fuente editorial verificada: PlanetadeLibros.
[2] Kross, E. (2021). Chatter: The voice in our head, why it matters, and how to harness it. Crown. Fuente verificada: Google Books y revisión de la American Psychological Association.
Columna de opinión, La Prensa Gráfica, 13 de septiembre de 2026

