Recuerdo una temporada de festejos agostinos cuando los tres hermanos estábamos adolescentes. La pasamos en la playa junto a 32 familiares, amigos y amigas, en la casa frente al mar que tenemos. Fue una experiencia parecida a una excursión extrema, como subir el volcán de Santa Ana (de donde somos). Efectivamente, las comidas, los paseos caminando en la arena y el esnórquel en las pozas, observando peces de miles de colores, nos hicieron divertirnos y, a la vez, desarrollar habilidades de convivencia para la vida, en especial gracias a mi madre, que era quien dirigía toda la logística.
Esta diversión al lado de quienes consideramos familia ofrece oportunidades para desarrollar en nuestra personalidad aquellas maneras amables que permiten aprender el autocontrol, el cual es necesario para construir relaciones personales significativas que más adelante proyectarán una mejor marca personal y profesional a través de las reglas de etiqueta social, como una manera de conseguir mejores destrezas de comunicación.
En el fondo, son actitudes en las que se fundamentan valores como la persuasión, la creatividad, la colaboración, el manejo del tiempo y de equipos, el respeto, la paciencia, el orden, el liderazgo y una actitud estable de servicio a los demás, en especial al platicar con los ancianos, adolescentes y vecinos inoportunos que aparecen o con quienes nos encontramos en las vacaciones.
Me gustaría compartir algunas claves para desarrollar resiliencia, porque esta competencia es la que nos ayuda a transitar la mejor aventura extrema que una persona puede tener: convivir en familia, tanto en el hogar como en vacaciones. Una de las definiciones de resiliencia señala que es la capacidad para superar la adversidad.
Conlleva un salto resiliente hacia adelante. Lo ideal es que, en el proceso de pasar momentos que requieran resiliencia, salga a la luz la mejor versión de nosotros mismos. En eso consiste ser resiliente: en sacar algo positivo de toda situación, sea de calma o cuando aparezcan la dificultad, el dolor, un mal momento o una inmensa pérdida. Los episodios traumáticos transforman a quienes los sufren.
A continuación, diez puntos:
1. Aprender a respirar antes de contestar, decir algo desagradable o emitir una queja. Un ejercicio que ayuda mucho es parar, respirar y comenzar de nuevo.
2. Cuidar la mente. No ver demasiadas redes sociales ni noticias de tragedias.
3. Cuidar el corazón. Significa procurar pensar siempre en positivo sobre los demás, ya que ayuda a no juzgar duramente sus actuaciones ni las nuestras.
4. Ser solidarios. En especial durante las vacaciones, ayudar y servir a los demás.
5. Formar una comunidad que incluya a todos, aun a aquella familia o amistad que es difícil de querer.
6. Recuperar la cultura del cuidado en el hogar y en el lugar donde vacacionamos. Cuidar que todos estén bien y sin peligro, adelantándose a sus necesidades.
7. Aprender a acompañar. Es el mayor acto de humanidad, en especial con los enfermos, los niños y los ancianos solitarios.
8. Cuidar el diálogo interno. No nos tratemos como si fuéramos nuestro peor enemigo. Así tampoco trataremos mal a nadie, porque lo que pensamos afecta lo que sentimos y hacemos.
9. Recuperar la alegría. Ser agradecidos con Dios, que nos da vida cada día como un regalo.
10. Amar y reír de nuevo.
Columna de opinión, La Prensa Gráfica, 02 de agosto de 2026

