Claves éticas para la amistad social y el diálogo constructivo (2)

Hay un proverbio africano que va más o menos así: “Cuando en la cima de una montaña nos espera un buen amigo, el ascenso se hace más llevadero”. Realmente es un principio universalmente aceptado en toda época de la historia y culturas humanas el contar con sinceros amigos. Especialmente ahora que vivimos una nueva realidad post pandemia, en la que necesitamos poner énfasis en prevenir contagios del covid-19 a otras personas, con medidas de seguridad como el distanciamiento social, se hace necesario estar más cerca del calor de las amistades, independientemente si no podemos abrazarnos ni estar próximos unos a otros en orden a cuidar de la salud de los demás.

Es momento para no olvidar que la amistad es un regalo mutuo, en la que hay una comunicación sincera en dos direcciones, donde se transmite la propia experiencia para aprender unos de otros. La amistad verdadera es en sí misma un valor: no es medio o instrumento para conseguir ventajas en la vida social, aunque pueda tenerlas… La amistad tiene valía intrínseca, porque denota una preocupación sincera por la otra persona. “Así, la amistad misma es apostolado (misión); la amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen proyectos, en un mutuo abrirse horizontes; en el que nos alegramos por lo bueno y nos apoyamos en lo difícil; en el que lo pasamos bien… La relación de amistad lleva a compartir muchos momentos: conversar dando un paseo o en torno a una mesa, practicar un deporte, disfrutar una común afición cultural, ir de excursión, etc. En resumen, la amistad requiere dedicar tiempo para el trato y la confidencia; sin confidencia no hay amistad…” Fernando Ocáriz, Carta de la amistad.

El cristianismo ha arrojado luces sobre el valor de la amistad. “Los amigos comparten las alegrías, como el pastor que encontró la oveja perdida (cfr. Lc 15,6), y como la mujer que encontró la dracma que había extraviado (cfr. Lc 15,9). Además, se comparten las ilusiones y proyectos, y también las penas. La amistad se manifiesta especialmente en la disposición a ayudar, como vemos en aquel hombre que acudió a Jesús para pedirle la salud de un siervo de su amigo el Centurión (cfr. Lc 7,6). Y, sobre todo, la amistad más grande tiende a imitar la grandeza del amor de amistad de Jesucristo: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos (Jn 15,13)”. Fernando Ocáriz, Carta de la amistad.

El gran escritor inglés C. S. Lewis escribe sobre lo bueno de tener amigos buenos en su libro “Los cuatro amores” a través de una definición sencilla: “La amistad es el sentimiento que surge entre los compañeros. Nace entre personas que realizan la misma actividad. Así, entre los que desempeñan la misma profesión o entre los que tienen un pasatiempo en común. Pero no todos serán amigos… Solo lo serán, de entre los compañeros, quienes compartan una visión común o cuando en aquel grupo se descubra una persona a la otra. Aunque es un amor selectivo, no somos nosotros los que elegimos a nuestros amigos. Es la Providencia (Dios) la que lo ha hecho desde el amanecer de los tiempos. Por esto la amistad es un instrumento mediante el cual Dios revela a cada uno, como en un festín, las bellezas de todos los demás…”.

Columna de Opinión, La Prensa Gráfica, 25 de octubre de 2020

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