Las claves de la felicidad (parte 4)

El papa Francisco, en sus recientes viajes a Chile y Perú, insiste en dar el mensaje alrededor de amar con misericordia, invitándonos a ser testigos de la ternura de Dios en el lugar en que trabajamos y convivimos. De ahí mi deseo de seguir con la reflexión acerca de las claves de la felicidad, sobre la base de un estudio de la Universidad de Harvard, entre las que se encuentra cultivar el amor de amigos, colegas y familiares.

Otro experto, el doctor Tal Ben-Shahar, profesor israelí de psicología positiva, también realiza una investigación para sustentar una clase en esa misma alma mater, que se llama “La ciencia de la felicidad”.

El profesor enseña que meditar es un sencillo hábito para combatir el estrés, y considera que, a largo plazo, la práctica de la meditación o reflexión contribuye a afrontar mejor los baches de la vida, a superar las crisis con mayor fortaleza interior y ser más nosotros mismos bajo cualquier circunstancia. Opina que cuando se medita (hay quienes harán oración), es un momento idóneo para manejar nuestros pensamientos hacia el lado positivo; aunque no hay consenso de que el optimismo llegue a garantizar el éxito, sí le aportará un grato momento de paz.

Es reconocido el “Himno al amor” escrito por San Pablo, que describe cómo amar: “El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13, 4-7).

En la exhortación apostólica “Amores laetitia” (numerales del 91 al 118), el Santo Padre describe la manera de vivirlas diariamente. Ahora veremos el desprendimiento (101 y 102), que significa no busca “el propio interés”. Esto no significa despreciarse, sino contar con que tenemos un sano amor a sí mismos para amar a los demás. “El que es tacaño consigo mismo, ¿con quién será generoso? Nadie peor que el avaro consigo mismo” (Si 14, 5-6).

El amor no se indigna, agrega luego el Papa al hablar de la no violencia interior (103 y 104). Se trata de evitar “una irritación no manifiesta que nos coloca a la defensiva ante los otros, como si fueran enemigos molestos… Alimentar esa agresividad íntima no sirve para nada, solo nos enferma y termina aislándonos. La indignación es sana cuando nos lleva a reaccionar ante una grave injusticia, pero es dañina cuando tiende a impregnar todas nuestras actitudes…

Una cosa es sentir la fuerza de la agresividad que brota y otra es consentirla, dejar que se convierta en una actitud permanente, como dice la Palabra: ‘Si os indignáis, no llegaréis a pecar; que la puesta del sol no os sorprenda en vuestro enojo’ (Ef 4, 26). Por ello, nunca hay que terminar el día sin hacer las paces en la familia. ¿Y cómo debo hacer las paces? ¿Ponerme de rodillas? ¡No! Solo un pequeño gesto, algo pequeño, y vuelve la armonía familiar. Basta una caricia, sin palabras… La reacción interior ante una molestia debería ser ante todo bendecir en el corazón, desear el bien del otro, pedir a Dios que lo libere y lo sane… Si tenemos que luchar contra un mal, hagámoslo, pero siempre digamos no a la violencia interior”. Continuará.

Columna de opinión publicada en La Prensa Gráfica, 21 de enero de 2018

 

 

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