Las claves de la felicidad (parte 2)

La semana pasada empecé a comentar sobre un libro publicado por la Universidad de Harvard que resume las 6 claves para alcanzar la felicidad, después de estudiar por 7 décadas a 268 varones.

 

Entre las conclusiones se menciona que recibir el amor de la familia y amigos es el primer elemento causante de una vida feliz, independiente de ser pobre o rico. Es por ello que continúo con la reflexión sobre las características del amor, según Pablo de Tarso: “El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,4-7).

En la columna anterior vimos la definición de la Paciencia que explica el papa Francisco en la exhortación apostólica “Amores Laetitia”, numerales del 91 al 118. Ahora me gustaría seguir con la actitud de Servicio (93), la que San Pablo pone como complemento de la paciencia, indicando que el amor es servicial al promover el bien de los demás.

Explica el papa Francisco también cómo sanar los celos envidiosos del corazón (95, 96). La envidia es mostrar tristeza por el bien ajeno, que muestra que no nos interesa la felicidad de los demás, ya que estamos exclusivamente concentrados en el propio bienestar. Mientras el amor nos hace salir de nosotros mismos, la envidia nos lleva a centrarnos en el propio yo. El verdadero amor valora los logros ajenos, no los siente como una amenaza, y se libera del sabor amargo de la envidia. Acepta que cada uno tiene dones diferentes y distintos caminos en la vida. Entonces, procura descubrir su propio camino para ser feliz, dejando que los demás encuentren el suyo.

El papa Francisco luego habla de que el amor no se engrandece ni alardea (97 y 98). La vanagloria es el ansia de mostrarse como superior, para impresionar a otros con una actitud pedante y algo agresiva. Quien ama, no solo evita hablar demasiado de sí mismo, sino que, además, porque está centrado en los demás, sabe ubicarse en su lugar sin pretender ser el centro…

Es decir, algunos se creen grandes porque saben más que los demás, y se dedican a exigirles y a controlarlos, cuando en realidad lo que nos hace grandes es el amor que comprende, cuida, protege al débil… La lógica del amor cristiano no es la de quien se siente más que otros y necesita hacerles sentir su poder, sino de que quien quiera ser el primero ha de ser primer servidor (Mt 20,27). En la vida familiar no puede reinar la lógica del dominio de unos sobre otros, o la competición para ver quién es más inteligente o poderoso, porque esa lógica acaba con el amor.

El amor es amabilidad, dice Pablo, y por eso el Papa explica (99, 100) que ser amable es obrar sin rudeza o descortesía o crueldad. La cortesía es en realidad una escuela de sensibilidad y desinterés… Esto no es posible cuando reina un pesimismo que destaca defectos y errores ajenos, quizás para compensar los propios complejos. Una mirada amable permite que no nos detengamos tanto en sus límites, y así podamos tolerarlo y unirnos en un proyecto común, aunque seamos diferentes. El amor amable genera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración, construye una trama social firme…

Artículo de opinión publicado en La Prensa Gráfica, 7 de enero de 2018

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