Estamos en el mes de celebración a mamá, así que probablemente durante todo este tiempo estaremos buscando cómo sorprenderla de la mejor manera. Para quienes ya la tienen en el cielo, visitarán conmovidos su tumba o elevarán oraciones especiales para dar gracias porque la tuvieron en vida. En cualquier caso, el corazón de cada madre se va a conmover porque está diseñado para recibir y disfrutar los detalles de sus hijos e hijas, haciendo que se compare su alma con lo que hace la Madre Naturaleza con toda la creación, a la que cuida con las leyes que Dios le brindó al regalarnos a los seres humanos el maravilloso universo en que nos movemos y existimos.
Esta alegoría o símbolo de las cualidades del cuidado maternal hacia sus crías humanas encaja también con el creciente interés por cuidar el planeta para conseguir la sostenibilidad, por lo que se me ocurrió acuñar el término “corazón verde” para referirme a una actitud o una manera concreta de comportarse con el prójimo, a la que podemos llamar “ecología emocional”. Esta busca cuidar y equilibrar el mundo interno personal para lograr el bienestar integral: tanto físico como mental, e incluso el más profundo e íntimo. La palabra ecología significa “cuidado de la casa”; de allí el interés por preservar el hábitat común en todo lo relacionado con el aire, el agua, la fauna y la flora. Pero lo ecológico alcanza también a la criatura de mayor dignidad que puebla y transforma ese entorno: la humanidad. Es factible, pues, hablar de una ecología humana, concepto ecológico aplicado al cuidado del hábitat personal que el ser humano necesita para vivir con dignidad y con calidad humana de vida. Creo, entonces, necesario hacer una labor de cuidado del mundo verde externo y, principalmente, del interno, para estar en equilibrio con el cosmos.
Con la ayuda de estudios humanistas y profundizando especialmente en antropología —en particular la antropología trascendental del doctor Leonardo Polo— estoy aprendiendo a entenderme mejor y a conocer las diferentes capas internas y externas que forman mi naturaleza de ser racional. Me gustó mucho la definición que este filósofo moderno tiene sobre quién es el ser humano: “Es un espíritu en el tiempo”, explicando el sitio de la persona humana en el cosmos, siendo parte de este, pero no fusionándose, sino conservando una categoría de ser pensante, libre y responsable.
Siempre me ha parecido que la educación, el desarrollo y el crecimiento de la inteligencia emocional o afectiva son parte importante de la marca personal de un líder confiable. Desde esa perspectiva, he mantenido una investigación abierta desde hace años sobre el tema y su relación con una sana autoestima, un carácter maduro, así como con un corazón lleno de paz y alegría. Efectivamente, creo que cuerpo y alma están conectados; por lo tanto, si hay elegancia y equilibrio interior, lo más probable es que nuestro exterior refleje esa misma elegancia.
Tener un corazón verde significa para mí bienestar y calidad de vida, pero ¿qué significan estas palabras? “Calidad de vida es dignidad de vida, y la vida de un hombre o una mujer es digna cuando en ella están presentes los valores propios del ser humano, es decir, aquellos que satisfacen sus necesidades y que lo desarrollan y plenifican conforme a su fin. Calidad de vida es, pues, por una parte, estar bien o cierto bienestar suficiente para satisfacer las necesidades básicas, puesto que no somos ángeles, sino personas humanas. Por otra parte, calidad de vida implica, además de un bienestar básico, un buen ser en los diversos aspectos que integran la identidad personal: ser buen esposo, ser buen hijo, ser buen padre o madre, buen amigo, vecino, ciudadano, ser buen profesional, empresario, empleado o comerciante; y, a través de estas realidades concretas, ser buen cristiano, protestante, musulmán o judío”. (1)
Poseer un corazón verde permite mirar con ojos nuevos la relación de pareja entre varón y mujer desde una sexualidad natural, verde, en armonía ecológica, descontaminada de artificios, actitudes y productos dañinos. Con el corazón y la sexualidad verde, la pareja y los cónyuges son conscientes de que aceptan y entregan su corazón —su mejor versión y su dignidad— a través de sus cuerpos, en un entorno de seguridad emocional, de forma exclusiva y en aceptación plena, permitiendo que, de este gesto amoroso y apasionado, acompañado de erotismo a favor del amor, ambos cooperen en libertad con el don divino de la fertilidad.
¿Le parece entonces que el color verde es el que mejor le va al corazón de una mamá —y también al de un papá—?
Columna de opinión, La Prensa Gráfica, 10 de mayo de 2026

