Sin juzgar, ayudemos a quien está sufriendo (Parte 1)

Acabamos de vivir en mi familia una hermosa experiencia de amistad ciudadana, durante la pérdida de una querida mascota yorkie llamada Puky, que al final fue encontrada sin vida.

Lo impresionante en este doloroso momento fue la sorprendente y espontánea ayuda desinteresada de miles de gentes, a través de las redes sociales cuando dimos la alerta con la imagen de la perrita para buscarla. Independientemente de la ideología, edad, género, educación, cultura o situación socioeconómica, etc.

La desesperación era tan grande al no encontrar a Puky el pasado Domingo de Resurrección, que decidimos usar la web como medio para apelar a la solidaridad que existe entre los salvadoreños.

Nos dimos cuenta de que, sin importar el origen de las cuentas (reales, falsas o troles), la respuesta al ver el aviso fue actuar positivamente para echar el hombro y encontrarla, ya sea dándonos consejos, compartiendo la información, dando palabras de ánimo o contando historias similares. Incluso alguien muy generoso (que ya visitamos en su casa) nos ofreció, a través de otro amigo en común, que nos regalaba un perro campeón de su camada cuando se enteraron de que el nuestro había muerto, para darle un hogar adoptivo en que fuera el consentido.

Agradecemos de corazón a cada uno de los miles de cibernautas (ya sean amigos o desconocidos), que fueron tan amables en brindarnos inmerecidamente su cariño y compasión a través de las redes, de variadas maneras. A Ricardo y Johanna, agradecimiento especial por el gesto desinteresado de ofrecernos el regalo de un perrito, pues refleja su gran calidad humana y muestra que en El Salvador son muchas más las personas altruistas y llenas de amor que las pocas gentes que insisten en generar odio y desunión.

El momento vivido me llevó a reflexionar sobre la importancia de la empatía para generar buena comunicación y mejores relaciones interpersonales, tanto en la familia como en una sociedad, ya sea “online” como “offline”. Porque para construir confianza, es importante vivir con coherencia en todo momento, ya sea en el hogar o fuera de este; en internet o fuera de este (redes, chats, llamadas telefónicas, videos virales, al compartir imágenes y contenidos, etcétera).

Algunos “podrían intentar reducir la empatía a una simple estrategia, como si fuera una de esas técnicas que proponen un producto al consumidor de tal modo que tiene la sensación de que eso era justo lo que estaba buscando. Aunque lo anterior pueda ser válido en el ámbito comercial, las relaciones interpersonales siguen otra lógica.

La auténtica empatía implica sinceridad y es incompatible con una conducta impostada, que esconde los propios intereses. Esta sinceridad es fundamental cuando buscamos dar a conocer el Señor a las personas con las que convivimos.

Haciendo propios los sentimientos de quienes Dios ha puesto en nuestro camino, tenemos la finura de caridad de alegrarnos con cada uno de ellos y de sufrir con cada uno también. «¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrace de dolor?» ¡Cuánto afecto sincero se descubre en esta cariñosa alusión de San Pablo a los cristianos de Corinto! Es más fácil que la verdad se abra paso a través de este modo de compartir sentimientos, porque se establece una corriente de afectos –de afabilidad– que potencia la comunicación.

El alma se vuelve así más receptiva a lo que escucha, especialmente si se trata de un comentario constructivo que la anima a mejorar en su vida espiritual”.

Columna de opinión publicada en La Prensa Gráfica, 8 de abril de 2018

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